jueves, 25 de diciembre de 2008

EEUU: Resumen

Segunda etapa de la vuelta al mundo de Eli y Darry

País:
Estados Unidos de América.

Duración:
52 días. Del 20 de Agosto al 10 Octubre de 2008.

Transportes utilizados:
Tres aviones (dos vuelos internos), dos coches de alquiler (un Chevrolet 4x4 y un Subaru, ambos automáticos), tren (una vez), un autobús de media distancia (incluido en el ticket del tren anterior), muchos autobuses municipales, autobuses eléctricos y varios tranvías (en San Francisco), metro (NY, LA), trenes aéreos (Miami), muy pocos taxis (son muy caros), bicicletas (en Yosemite), un ferry (NY), una furgoneta (Miami) y muchos mini-autobuses o colectivos (NY).

Mapa aproximado del itinerario:

Ver mapa más grande


Nuestros favoritos

Población:
Eli: San Francisco o New York
Darry: New York.

Lugar:
Eli: Yosemite National Park, California o la costa norte de California.
Darry: Yosemite y el Gran Cañón del Colorado.

Comida:
Eli: La pizza de New York (en realidad, está buena en todo el país) y los m&m’s (sí, los Lacasitos esos, ¡Qué vicio!).
Darry: Las bolsitas de frutos secos caramelizados Nuts4nuts de cualquier puesto callejero de New York.

Bebida:
Eli: Vanilla coffe, sobretodo el que te haces tu mismo en las gasolineras.
Darry: Coca-cola Zero (esto es América, ¿Qué esperabais?)

Frase o expresión:
Eli: “¿Hablas español?”
Darry: “Have a nice one, bro”.


Últimas notas

- El agua es gratis en muchos restaurantes (menos en NY) y te la sirven con hielo y a veces con limón. Aunque es del grifo, está buena. Por cierto, en todas partes es más barata la coca-cola que el agua mineral (en algunos sitios sólo tienen “sodas”).

- Si no te acabas la comida en los restaurantes, te la preparan para que te la lleves. Y te la calientan en el micro, si quieres.

- La cesta de la compra está carísima. Sale más barato ir a un fast food que ir al súper y cocinar. No hay restaurantes de comida decente por un precio asequible, como en España (excepto en las grandes ciudades). Y olvídate de comer algo que no sea fast food en las áreas de descanso de las autopistas o en los centros comerciales. No nos extraña que hayan tantos obesos (que los hay).

- La gente es muy amable y civilizada. Respetan la ley al máximo. Y en el trabajo, muy profesionales.

- Conducen muy bien, tranquilos, pacientes y sin prisas en general (excepto en NY, que va a su rollo en muchas cosas). Puedes cruzar tranquilo por los pasos de peatones que todos se pararán (incluso si pasas por el medio de la calle).

- No hemos visto gente con pistolas por la calle, je, je, je.

- Hay lavabos en todas partes, aunque te pierdas por el desierto o en una carretera de montaña. Limpios y con papel de sobras.

- Hay tiendas y productos de todo para todo el mundo. Y se lo ponen fácil al consumidor. Por ejemplo, abundan los cajeros automáticos “drive-thru”, para que no te tengas que bajar del coche ni para sacar dinero.

- Respetan y cuidan al máximo la fauna y la flora. Los parques nacionales son una maravilla.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Miami y los Everglades

Esta última etapa del viaje a EEUU representó un cambió importante en nuestra aventura. Teníamos previsto estar tres meses en los USA pero acordamos, en su momento, pasar sólo dos y permitirnos un presupuesto diario más generoso. Y lo disfrutamos mucho. Pero nos pasamos un poco… Había que continuar y eso implicaba cambios: Se acabaron las habitaciones de hotel, las camas “king size” o “queen size”, los baños privados y los coches de alquiler. Probablemente por un largo tiempo.

Así que, tras varios intentos sin éxito, como en New York o en San Francisco, conocimos a alguien a través de “Couch Surfing” que estaba dispuesto a alojarnos en su casa de Miami durante unos días. El couch surfing consiste en que alguien ofrece un espacio en su casa, desde un sofá-cama hasta una habitación, a viajeros que necesiten alojarse unos días, normalmente con poco presupuesto. También hay gente que se ofrece para enseñarte su ciudad o salir a tomar unas copas o hacer amigos. Totalmente gratis (que no por la gorra). De viajeros para viajeros. De personas para personas. Todo con unas ciertas normas que son de simple sentido común. Todo está en www.couchsurfing.com. Vale la pena probar la experiencia.

Loriel iba a ser nuestro anfitrión en Miami. Un joven artista venezolano que nos dio muy buena onda desde el primer momento. Nuestro vuelo desde New York fue corto, 2 horas y media. Loro, como lo llaman los amigos, tenía que pasar a recogernos por el aeropuerto en cuanto le llamáramos al móvil para avisarle de que ya estábamos allí. Y eso hicimos a las 19:45h en cuanto recogimos el equipaje. Pero Loro nos había dicho que a lo mejor tenía trabajo esa noche y acabaría sobre las 22:00h, así que al principio no conseguimos comunicar con él. Ese tiempo lo invertimos en comernos unas empanadas cubanas en un puestecito del aeropuerto y para darnos cuenta de que la mayoría de la gente era cubana también. Estábamos en los USA pero todo el mundo hablaba español a nuestro alrededor. Si California es de los mexicanos, Miami es de los cubanos. El caso es que Loro pasó a buscarnos pasadas las 22:00h y nos subimos a su furgoneta. Allí estaba también Teresa, su chica americana de origen cubano (cómo no). Loro vive y tiene su taller, junto con otros dos amigos, en un pequeño warehouse, que es como llaman aquí a las naves industriales, en un polígono de Little Haití, uno de los barrios con peor reputación de todo Miami pero también mucho más baratos. Al llegar, llegó también la lluvia. Entramos a toda prisa para no mojarnos. Loro nos ofreció su propia habitación y su propia cama para alojarnos a pesar de nuestras quejas. El dormiría en casa de Teresa. Con total confianza. Fueron un encanto en todo momento.

Esa misma noche estuvimos charlando y tomando unas copas con unos amigos en el Warehouse de enfrente, y lo pasamos en grande, especialmente con Jaime, dueño del taller y pintor que, siempre con su copa en la mano, no paraba de decir chorradas al más puro estilo spanglish: Que si este es un “fucking marica”, que si el otro es el “fucking amo”, que si el otro es un “fucking artista”… La noche acabó con una cena a las tantas de la noche en pleno Miami Beach. Pasamos allí dos noches pero poco pudimos hacer por que llovió sin parar. Salíamos a comprar al bodeguilla de la esquina y no paseábamos mucho por la zona por que el barrio y el tiempo no daban para hacer turismo: calor sofocante, lluvia tropical, mucho pintilla suelto por la zona y muchos haitianos vestidos a lo hip-hop haciéndose los malotes por la calle. Loro ya está más que acostumbrado pero a nosotros, sinceramente, nos daba bastante respeto.

Por las tardes quedábamos con Loro, Teresa y Guru, el perro de Teresa. Fuimos a ver la exposición que Loro tenía esos días en una galería del Art District de Miami, un barrio entero lleno de galerías de arte. Nos gustó muchísimo. Él hace sobretodo arte plástico. Sus obras recuerdan a secciones de troncos de árboles, muy “orgánico” y original. Entramos en otra galería con una exposición muy divertida y nos fuimos a pasear por la calle Lincoln, una de las zonas más comerciales y con más locales de copas de Miami Beach. Tomamos unas cervezas sentados en una terraza. Bueno, todos menos Teresa, que no llevaba el carnet de identidad y aquí si no demuestras que eres mayor de 21 años no bebes, aunque peines canas.

Por la noche volvimos al taller e hicimos una cena entre todos. Los principales cocineros fueron Loro (su cuscús quedó buenísimo) y Teresa (nos sorprendió con Tofu rebozado). Todo estaba muy rico. A la cena se apuntó Sergio, otro amigo venezolano que acababa de regresar de un viaje por México una hora antes. También vino otro amigo, pintor y americano para más señas, de otro warehouse cercano, además de Carlucho, el otro residente del warehouse de Loro, colombiano de Bogotá y vegetariano.

Al acabar la cena y la posterior charla, copas de vino en ristre, llegaron más amigos y vimos todos juntos una película en el proyector, tirados en unos cojines en la parte de arriba del taller, mientras comíamos yogurt con trozos de fresa que Loro había preparado. Hubo también muchas risas… La pena fue que, justo antes del final, la peli se quedó “colgada” y nos quedamos sin saber como acababa. Eso es lo que pasa a veces con las pelis que se ven directamente de Internet.

Al día siguiente el tiempo pareció mejorar un poco y decidimos mudarnos cerca de la playa, ya que Little Haiti está bastante lejos y hay que coger autobuses para llegar. Así que buscamos un hotel cerca de la playa y encontramos, en una calle llamada Española Way, el Clayton Hotel, un hotel barato con baño compartido en pleno South Beach, la zona Art Decó de Miami Beach. Este hotel apareció en el primer capítulo de la serie Miami Vice y en alguna que otra película más.

La idea era disfrutar de la larguísima playa de South Beach (a dos calles del hotel) y, sobretodo, del cálido mar de Miami, ya que en los próximos dos meses, en Argentina y Chile, sólo veríamos océanos fríos en los que no apetece darse un baño. Después de instalarnos (casi nos da un síncope por el aire acondicionado, que estaba a tope) y de ir a comer al restaurante mexicano que hay justo debajo (ya teníamos morriña de México), fuimos a la playa con toda la ilusión. Pero el primer día de playa no fue del todo bien. El mar estaba revuelto y se puso a llover al poco rato, obligándonos a volver al hotel.

Paró enseguida y pudimos pasear por la noche disfrutando del ambiente de Miami Beach nocturno. Cuanto más avanzada la noche, más frenético se vuelve. Nos gustó mucho Ocean Boulevard, el paseo frente al mar más famoso de Miami, lleno de restaurantes y palmeras. Vimos un montón de gente haciéndose fotos frente a una casa lujosa. Preguntando, nos dijeron que esa era la casa de Versace y que ahí mismo lo asesinaron, en la puerta de su propia casa.

Fuimos a comer un trozo de pizza (que nos pareció casi tan buena como las de Nueva York) mientras veíamos un extraño espectáculo en la calle. En el local de al lado se rodaba un programa de música para adolescentes ricos de la MTV. En la cola de entrada, lo niñatos millonarios formaban un jaleo tremendo. En este país, el que tiene pasta la tiene de verdad. Muchos llegaban en limusinas Hammer y otros conduciendo sus propios lujosos coches (aquí se puede conducir a los 16), que dejaban a los aparcacoches sin mirarles a la cara. Algunos incluso venían con guardaespaldas. A saber de quien son hijos... Lástima que no tuviésemos la cámara a mano.

El día siguiente volvimos a la playa y, aunque el mar todavía no estaba sereno del todo, disfrutamos bastante más que el día anterior. Por la noche, quedamos de nuevo con Loro y fuimos, junto con los demás colegas, a un garito muy auténtico llamado Churchill’s (5$ la entrada). El local tiene dos salas: en una hacen conciertos (cada día de la semana un género musical) y en la otra hay un teatro “Open mind” al aire libre donde cualquiera puede subir a hacer, cantar o decir lo que le apetezca. Ese día tocaba jazz y estuvimos casi todo el tiempo en la sala de conciertos viendo a la banda residente. Buenísimos. De vez en cuando, salíamos al teatrillo a ver que se cocía por allí: desde un tipo quejándose del gobierno de George Bush hasta una chiquilla que, guitarra en mano, cantaba con una voz desgarrada que recordaba vagamente a Janis Joplin. La mayoría no valían nada, hay que decirlo, pero la noche estuvo muy entretenida. Como dato curioso, cuando se acaba el concierto de jazz, reaparece el DJ del local: un abuelete de melena cana que recuerda a un buscador de oro, con su camisa y sus tirantes y su pañuelo rojo. Todo un personaje y, por lo visto, toda una institución del lugar.

Al día siguiente emprendimos un viaje hacia el sur, hacia los Everglades, en sky train, metro y autobús. Para hacer un trayecto que se hace en media hora de coche nosotros tardamos unas dos horas y media. Un rollo. Qué bien nos hubiera venido aquí un coche... Llegamos al hostel cansados de bus y el sitio nos pareció un remanso de paz muy acogedor: un buen jardín con una casita en medio, una cocina bien aprovisionada, biblioteca, guitarra, piano, sala de cine y muy buen ambiente. Dormimos en un dormitorio para 6 personas. El primer día sólo había 2 chicos más que no vimos hasta la noche. Comimos en el restaurante mexicano de enfrente (no estamos obsesionados, es sólo que estaba cerca) y ese día poco más.

A la mañana siguiente, nos levantamos bien pronto y alquilamos unas bicicletas en el hostel y ellos mismos nos dejaron con una furgoneta en la entrada del parque que estaba a 10 minutos en coche. En cuanto les llamáramos por teléfono, vendrían a recogernos. Los Everglades es una extensísima zona de humedales de limpia y clara agua. Aquí, además de numerosas especies de aves (y de moquitos, malditos sean), viven los alligators, que, en principio, pueden verse por todos lados. El problema es que nosotros llegamos en temporada de lluvia y el nivel del agua estaba demasiado alta para ver animales. No hubo suerte y no vimos ningún alligator, por más que buscamos. Sí vimos muchos tipos de aves por todos lados. También hacía un Sol y un calor infernal. Eli cogió uno de sus típicos sofocos y tuvimos que salir pitando hacía la salida y llamar para que nos viniesen a recoger a eso de la 3 del mediodía. La verdad es que este sitio es para tener un coche: puedes recorrer toda la zona (y no sólo una pequeña parte, como nosotros) y llegar hasta el mar donde abundan los manatíes. Lástima. Volvimos al hostel cantando eso de “See you later, alligator”…

Por la noche, con Eli ya en la cama intentando recuperarse, yo (Darry) me quede con un grupo de belgas, que estaban en nuestra propia habitación, en el patio del hostel bebiendo cervezas y charlando hasta las tantas. Lo curioso es que entró una chica negra, colándose dentro de la casa, vendiéndonos su cuerpo por un puñado de dólares. Todos nos quedamos estupefactos. Al final le dimos unos pocos dólares entre todos y se fue por donde había venido. Decía que venía de New York, que no tenía papeles y que quería largarse de este país. No paraba de decir que odiaba a esta gente.

Nuestro plan era continuar el viaje hasta los Cayos de Florida. Pero no paraba de llover y tampoco encontramos alojamiento barato allí por Internet. También nos advirtieron que la mejor forma de ir a los cayos es con coche propio, cosa que no teníamos. Con todo esto, decidimos abortar la misión y volvernos a Miami a ver si mejoraba el tiempo y podíamos disfrutar de la playa. ¡Y cómo mejoró! A la mañana siguiente fuimos a la playa y esta vez sí. Eso sí era un paraíso de Sol y playa. El mar era una balsa de aceite, calentito y poco profundo, y el día estuvo estupendo. Una postal, vamos. Nos íbamos esa misma tarde pero, con semejante día, estuvimos planteándonos seriamente quedarnos un par de días más. Al final, no lo hicimos…

Por la tarde, después de un último paseo por las calles de Miami Beach, nos despedimos de Loro tomando un café cubano, típico de la ciudad. Vino con un amigo argentino, artista también. Muy apropiado teniendo en cuenta que al día siguiente ya estaríamos en Buenos Aires. Hablamos mucho de Argentina, nos recomendó varios sitios y nos advirtió de que los porteños (los de Buenos Aires) son muy orgullosos y muy altivos. De hecho, en el resto de Sudamérica a los porteños les llaman, muy sarcásticamente, “los mejores del mundo”. Tiempo tendríamos de comprobarlo…

viernes, 21 de noviembre de 2008

New York, New York

¡Ya estamos aquí! Tras cinco horas y media de vuelo desde San Francisco (SF, ¿recuerdan?) llegamos al aeropuerto, el J.F. Kennedy, a las 10 de la noche. No encontramos sitio en los hostels de Manhattan, así que teníamos una reserva en un hotel en Fort Lee, New Jersey, pero justo en un extremo del puente Washington Bridge que desemboca en el barrio de Harlem al norte de la isla de Manhattan. En la oficina de información nos aseguraron que la única manera de llegar a nuestro hotel, a esas horas de la noche, era un taxi y que costaba 100$ dólares. Pues empezamos bien. Vaya con Nueva York… Lo cogimos a regañadientes y nos instalamos en el hotel. Por la mañana veríamos si realmente se podía viajar a Manhattan por poco dinero o nos íbamos a tener que mudar.

Al día siguiente cogimos uno de los muchos colectivos (como los de México) que cruzaban el puente cada cinco minutos (1,25$ por persona) y que funcionan hasta pasadas las 11 de la noche. Por la ventanilla de la furgoneta vimos el paisaje que íbamos a ver cada mañana durante once días y que no se nos olvidará en mucho tiempo: La silueta de Manhattan desde el río Hudson.

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La furgoneta nos dejó en la boca del metro tras 2 minutos de trayecto. Mejor, imposible. Compramos un bono de metro y comenzamos nuestra vuelta de reconocimiento por Nueva York. Tras 20 minutos de metro (si coges el expreso), nos bajamos en la 42th, en Midtown West, en el centro del mundo, vamos. Rápido y directo. Al final resultó que estábamos muy cerca de todo y bien comunicados por un precio mucho más económico que en el centro. Además, el metro aquí funciona las 24 horas. Ya no nos íbamos a mudar. Nos acordamos mucho de los chicos de información de la noche anterior y de los 100$ del taxi.

¡New York, New York! Lo primero que hicimos fue pasear hasta Times Square que, incluso de día, es un espectáculo de luces, colores y multitudes. Pero este lugar se saborea mejor de noche. Es aquí donde muchos New Yorkers (así llaman a los habitantes de New York) celebran la noche vieja, rodeados de anuncios publicitarios gigantes. Seguimos por Broadway y sus teatros y acabamos en el Rockefeller Center, la máxima expresión del capitalismo norteamericano y en cuya plaza se instala en invierno una pista de patinaje sobre hielo. Es un centro comercial de 19 edificios, varios de ellos rascacielos, construido por la familia Rockefeller. Dentro está el importante teatro Radio City Music Hall.

Allí cerca entramos a la famosa catedral de Saint Patrick, una rara belleza entre los gigantes de cemento y cristal que la rodean. Dentro, una docena de hombres de seguridad, ataviados a lo agente de la CIA, con sus trajes y sus mini- transmisores, velaban por la seguridad del recinto. La paranoia por la seguridad aquí se hace notar en todas partes.

Andando, andando, nos dimos de bruces con la entrada del Empire State Building y no dudamos en pagar por subir hasta el mirador del rascacielos más famoso del mundo. La vista desde el piso 86, una vez superados los 30 minutos de ataque de vértigo de Darry y descubrir su nueva fobia conocida como “pánico a los ascensores antiguos que suben muy alto haciendo ruidos raros”, es espectacular. Se ve absolutamente todo New York desde aquí.

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También cerca de allí está la famosa (aquí todo lo es) estación de tren de Grand Central cuyo interior ha salido en tantas películas (como todo aquí). Dimos una vuelta por la biblioteca pública de Nueva York y, para acabar la jornada, entramos al hall del edificio Crysler, una de las obras Art Decó más representativas y uno de los edificios más bonitos que hemos visto nunca. Lástima que no se pueda subir. Extasiados de tantos lugares famosos, volvimos al hotel a descansar. New York prometía mucho…

New York estaba infestado de españoles por doquier y estaban todos en las tiendas, especialmente en Zara, Levi’s, H&M y ese tipo de cadenas de ropa. Y en las tiendas de calzado deportivo también. No sabemos donde está la crisis en España, por que todos los españoles están aquí gastando dinero alegremente. Nosotros sucumbimos también a la fiebre consumista y nos compramos algunas cosas. Como hacía frío, nos compramos algo de ropa de abrigo que nos faltaba. Eli se compró una nueva gorra, que acabó perdiendo como todas las demás. Lleva como 4 gorras, un chubasquero plegable y unos guantes perdidos, de momento. Otro día lo tuvimos que invertir en ir a recoger el paquete que debía contener el permiso de conducir de Eli. Tardamos más de una hora hasta la última parada de metro (Jamaica) en el barrio de Queens. Pero valió la pena: Eli por fin tenía su flamante permiso de conducir que aprobó justo el día antes de emprender nuestro viaje. Aprovechamos que estábamos allí para comernos un menú de comida casera y descansar de tanto burguer y tanta pizza en una de las zonas más latinas del barrio de Queens. Entre el mes de México y el mes y medio por California, ganamos unos cuantos kilos de más por culpa de tanto taco (deliciosos) y tanto Fast Food. Así que en nuestra estancia en New York nos pusimos a dieta y solíamos cenar una ensalada en uno de los muchos restaurantes donde te la puedes hacer al gusto entre gran cantidad de ingredientes y salsas. La dieta no duró mucho porque nos perdían los puestos callejeros de hot dogs, Nuts 4 Nuts (frutos secos caramelizados) y las excelentes pizzas que se hacen por toda la ciudad y que son las mejores que hemos probado nunca.

De vuelta a Manhattan, visitamos el edificio Dakota, donde vivió John Lennon junto a Yoko Ono. Fue en las mismas puertas de este edificio de lujo donde Lennon fue asesinado a punta de pistola por un demente con revolver. Seguimos paseando y entramos Central Park, que está justo enfrente. Esto sí que es un parque. Enorme, bien cuidado y lleno de vida. Cada cinco minutos descubres un rincón mejor que al anterior donde sentarse en un banco y ver pasar a los New Yorkers haciendo footing o paseando. Fuimos un par de días y pasamos muy buenos ratos allí. Incluso nos echamos alguna siesta sobre la hierba.

Salimos bajando por Park Avenue, donde vive la gente rica, hasta llegar de nuevo a Times Square, ya de noche, donde nos sorprendió la cantidad de turistas que pululan por allí (exactamente como nosotros) con sus cámaras de fotos echando humo. Hay tantos carteles luminosos y tantas pantallas gigantes aquí que da la sensación de estar en pleno día en plena noche. Este sitio fue antiguamente uno de los lugares más sórdidos de la ciudad, lleno de borrachos y prostitutas. Ahora tiene la cara lavada y es el sitio más exageradamente turístico y casi todas las tiendas son de souvenirs: camisetas, gorras y cientos de tonterías varias.

New York es un lugar grande y bullicioso, pero nos sorprendió lo ordenado del tráfico. No vimos ningún embotellamiento en los 11 días que estuvimos allí. No es raro cruzar una calle o una gran avenida y no ver ningún coche pasando por allí. El aparcamiento es escaso y carísimo con lo que lo más popular es desplazarse en transporte público.

Otro de nuestros días los pasamos paseando por el Soho y por el GreenwichVillage, donde estuvimos buscando unas zapatillas de deporte por que nuestros pies estaban empezando a acusar las largas caminatas por la urbe. Si vienes a hacer de turista a New York, asegúrate de traer un buen calzado. Lo vas a agradecer. Acabamos yendo al día siguiente al Jersey Gardens, un super centro comercial en New Jersey exclusivamente de tiendas outlet y factory store. A pesar de que no son de nuestro estilo, de tanto ver a los americanos con zapatillas de deporte por la calle terminamos comprándonos unas Nike Air, un par cada uno por unos 115$ dólares las dos libres de impuestos (sin IVA, vamos). Desde entonces, las largas caminatas por NY fueron mucho más “cómodas”. No nos dio tiempo a comprar nada más por que cerraron el complejo. Al salir de allí, ya de noche, estuvimos esperando al autobús junto a otras 20 personas, durante 30 minutos, mientras nos caía encima el diluvio universal. Llovía a cántaro limpio y nuestros ridículos y minúsculos mini-paraguas de viaje no ayudaban mucho. Llegó el maldito autocar pero sólo pudo entrar la mitad de la fila en la que, como no, no estábamos nosotros. Yo (Darry) ya llevaba puestas mis flamantes zapatillas nuevas que quedaron bien estrenadas. Media hora larga más tarde llegó un segundo autobús que sí nos llevó, aunque quedaron allí 2 chicas que no cupieron. Después cogimos un segundo colectivo como los de México, con parada en cada calle, y en total tardamos como 2 horas en llegar, completamente empapados de arriba abajo y al borde del catarro.

En esos días estaban muy cercanas las elecciones presidenciales los Estados Unidos y el ambiente político estaba bien caldeado y era el tema de portada de la mayoría de la prensa y de todos los telediarios de TV. Nosotros notamos más apoyo popular en Obama que en McCain. Por el metro era frecuente ver pasar a alguien de vagón en vagón vestido con una camiseta pro Obama. A pesar de todo, el resultado de las elecciones aún era incierto. Pero no hablemos de política y hablemos de cultura. Visitamos varios museos de los cientos que hay en New York. De entre todos, nos quedamos probablemente con el “MET”, el Metropolitan Museum of Art, y con el Museo de Historia Natural por lo bien que nos lo pasamos en ellos. El día del MET teníamos la risa floja y estuvimos toda la tarde riéndonos sin parar. El sitio es increíble. ARTE con mayúsculas de todas las épocas, países, civilizaciones y estilos, pintura, fotografía, escultura, arte moderno o clásico: Dalí, Picasso, Monet, Manet, El Greco, Rodin, Goya… la lista es interminable. En cuanto al Museo de Historia Natural, fue un día igual de divertido. Este museo también sale en infinidad de películas, la última que conocemos es “Noche en el museo”. Dinosaurios, minerales, meteoritos, fauna, flora, genética… de todo. Ambos museos son enormes, así que hay que contar con un día entero para visitar cada uno como se merecen.

La “zona cero”, donde estaban las Torres Gemelas antes del atentado del 11S, se ha convertido en una atracción turística, y decimos esto con todo el respeto. Han pasado ya 7 años y la zona sigue siendo un enorme agujero, ahora lleno de máquinas, camiones, grúas, obreros y turistas haciendo fotos. El solar es muy grande y uno no puede evitar estremecerse pensando en ese día estando aquí. Las Torres se han convertido en todo un símbolo para la gente de aquí y aparecen en muchos carteles y pintadas por todo la ciudad.

Uno de esos días, como yo (Darry) me estoy quedando calvete decidí, en un arrebato de frustración profunda, raparme todo el pelo de la cabeza, incluida, con la emoción del momento, la barba que llevo desde hace más de dos años. Total, pensé, aquí no me conoce nadie. Pero no caí en las fotos… Hemos procurado poner las mínimas para no herir sensibilidades.

De todos los puentes que hay en la isla de Manhattan, sin duda el más famoso es el puente de Brooklyn. El día que lo visitamos el cielo estaba algo tapado pero le daba una atmosfera muy especial. Lo atravesamos a pie, sobreviviendo a los ciclistas camicaces que pasan a toda velocidad (alguien debería ponerles una multa o algo) y dimos un paseíto por Brooklyn, probablemente el segundo barrio en importancia después de Manhattan. Desde allí cogimos un autobús de vuelta que, después de atravesar otro puente, el Manhattan Bridge, nos dejó en pleno Chinatown.

En fin, 11 días dan para mucho. Y estuvimos en todas partes: Harlem, Wall street, cogimos el ferry a Estaten Island (desde el ferry se ven las mejores vistas de la Estatua de la Libertad), East Village, West Village… por todas partes. Llegábamos absolutamente reventados todas las noches. Tanto fue así que uno de los días decidimos quedarnos en la cama hasta que ya nos dolía el cuerpo de tanto estar tumbados.

Tras jurarnos volver aquí en cuantos pudiésemos (a pesar de todo, nos dejamos muchas cosas por ver) y con el corazón totalmente partido, llegó el momento de continuar la aventura, dejando el frío del otoño en Nueva York y dirigiéndonos al eterno verano de la península de la Florida y Miami, donde intentaríamos dar con el paradero de Julio Iglesias. Sólo dos horas y media de avión separan ambos mundos. Pero eso, como viene siendo habitual, lo veremos en el siguiente episodio.

martes, 4 de noviembre de 2008

Yosemite y la fiebre del oro

Dejamos atrás el lago Tahoe y empezamos el viaje de vuelta a San Francisco recorriendo la histórica ruta 49 en dirección sur desde Placerville, con la intención de llegar al parque nacional de Yosemite. Es por estas tierras donde se inició la Fiebre del Oro. Todo empezó con una pequeña pepita de oro encontrada en Coloma, a 10 millas de Placerville. La noticia corrió como la pólvora y fueron muchos los que vinieron a probar fortuna, recorriendo, como nosotros ahora, la misma carretera 49. Por eso les llamaron “fourty-niners” y de ahí le viene el nombre al famoso equipo de rugby, los San Francisco 49ers.

La zona está salpicada de pequeños pueblos históricos al más puro estilo western. La mayoría están prácticamente deshabitados (algunos son hoy auténticos pueblos fantasma) que viven del turismo o del vino, pues esta tierra, junto con la región de Sedona, produce las mejores viñas del país. Hay catas de vino anunciadas constantemente, la mayoría gratuitas. Más de uno que conocemos sería feliz por aquí. No hay altas montañas, sino suaves colinas, doradas por la yerba seca y, para variar, largos tramos sin nada más que la carretera. Por el camino te encuentras con antiguas minas, ya “secas”, que ofrecen tours turísticos, todo al estilo de la época. Recorrimos varios condados, algunos con nombres tan elocuentes como “Dorado county” o como “Calavera County” y visitamos varios pueblos “western”: Placerville, Sutter Creek, Calavera y, después de atravesar el lago New Melones (gracioso nombre), acabamos en Sonora, muy cerca ya de Yosemite, donde pasamos la noche. Si nos llegamos a quedar por aquí un par de días más nos hacemos con un par de caballos y unos sombreros de ala ancha y nos vamos a robar bancos, como en las pelis del oeste.

A la mañana siguiente llegamos a Yosemite National Park, uno de los parques nacionales más famosos de EEUU y Patrimonio Mundial de la Humanidad. El parque es enorme, pero la zona más famosa está en el valle de Yosemite, que es un largo cañón rodeado de altas paredes graníticas esculpidas por las sucesivas eras glaciares. El lugar es precioso: Hay ríos, lagos, humedales y cascadas por todas partes y los animales salvajes campan a sus anchas, cruzándose por las carreteras y caminos.

La mejor época aquí es a mediados o finales de primavera, con toda el agua del deshielo fluyendo por doquier. Nosotros llegamos a finales de verano, cuando el nivel de los ríos y lagos está muy bajo. Pero, aún así, el paisaje es muy bonito. Y a la luz de la luna, este valle tiene una atmósfera casi mística que no se puede describir.

Como no teníamos tienda de campaña ni sacos de dormir no pudimos acampar, que es lo más barato y lo que hace la mayoría, así que alquilamos una tienda con estructura de madera, con techo y paredes de lona, bastante cara para lo poco que es. La sensación es la misma que estar en una tienda de campaña, pero más grande.

Por allí hay abunda la vida salvaje y son muy famosos los osos que, acostumbrados ya a ver humanos, se acercan a las tiendas y a los coches buscando comida. Por eso, te prohíben dejar comida o champús o cualquier otra cosa que huela dentro de los coches o en la tienda y lo tienes que meter fuera en unos contenedores especiales anti-osos. Ha habido muchos coches destrozados por osos hambrientos. También te alertan de que es tierra de lobos y que abundan los pumas, y te dicen como debes actuar si te encuentras con uno. Con toda esa información en la cabeza, por la noche nos costó un poco relajarnos y cerrar los ojos, pues todo era ruidos y sombras extrañas que llegaban de fuera. En nuestra imaginación nos pareció oír a 17 osos, 4 lobos y unos 35 pumas, por lo menos, acechando nuestra tienda.

Alquilamos unas bicicletas y recorrimos el valle, deleitándonos la vista con los maravillosos paisajes del parque. Vimos cantidad de ciervos (familias enteras), muchísimas ardillas correteando de un lado a otro (son graciosísimas) y muchas especies de aves. También se nos cruzó un zorro a unos 5 metros de nosotros. Pero lo que más nos sorprendió fue que se nos cruzara un lince a escasos 2 metros, mientras caminábamos sujetando las bicicletas. Apareció, se paró, nos miró un segundo y siguió su camino tan tranquilamente.

Este es uno de los destinos favoritos de los escaladores, por sus muchas y altas paredes de lisa roca granítica. Destaca el Gran Capitán, una de las paredes escalables más famosas del mundo. Como despedida del valle, yo (Darry) comencé a subir por el Capitán con la intención de llegar hasta las vías, pero el acceso a ellas no es sencillo porque hubo un desprendimiento de grandes rocas hace unos años que han quedado en el camino y dificultan mucho la subida. Puede que haya un camino más fácil par llegar, pero yo no lo encontré. Caía la noche y decidí volver con Eli, que me esperaba junto al río.

Dejamos Yosemite (prometiéndonos volver en alguna futura primavera) y seguimos la ruta rumbo sur. Paramos en Fresno para hacer noche y solucionar unos problemas técnicos con el ordenador portátil. Un virus maldito tuvo la culpa. El hotel estaba tan bien que nos quedamos dos o tres días por allí, apenas sin salir del hotel, relajándonos en la piscina y comiendo en uno de los mejores y más baratos buffets chinos que hemos probado nunca. Nos pusimos las botas por 7 dólares todo incluido y había de todo lo imaginable. Aún nos parece saborear el Sesam Chicken. Ummm…

De nuevo en marcha, seguimos bajando por el sur, disfrutando las vistas, en dirección a Sequoia Natonal Park y Kings Canyon National Park, dos parques nacionales cercanos y que están uno al lado del otro. De hecho, el ticket de entrada es para ambos parques. Pero nos paramos justo antes en Three Rivers. Cenamos unas pizzas deliciosas en el pueblo y dormimos en uno de los hoteles más tranquilos y agradables en los que hemos estado, no tanto por la habitación sino por el ambiente de relajación que se respira.

Después del baño de paz, entramos al Sequoia National Park. Conocimos las inmensas secoyas gigantes, los árboles más grandes del mundo. No por su altura, aunque también son altísimos, sino por el volumen y el peso de sus troncos. Estos árboles son imponentes y sobrepasan los 2000 años de antigüedad. Su corteza es de un intenso color rojo y sobreviven a incendios (de hecho los necesitan) y son inmunes a enfermedades, hongos o parásitos que afectan a otras especies de árboles. Tal vez por eso vivan y crezcan tanto como lo hacen. Su tamaño y color les dan un aspecto casi mágico.

Mágico también fue el momento en que, mientras conduciendo distraídos por la belleza de las secoyas gigantes, se nos cruzó un oso en la carretera. Pasó tranquilo, sin prisas, y desapareció al poco, entre los árboles, mientras Eli apenas tuvo tiempo de encontrar la cámara y hacerle unas fotos tan apresuradas como desenfocadas.

Hicimos varias rutas a pie acompañados por las nerviosas ardillas terrestres, más pequeñas y rápidas que las otras, pasando por bosques ancestrales como el Giant Forest. Hay muy bonitos senderos aquí y el ambiente es de cuento de hadas. Mención aparte merecen el General Sherman, el árbol más grande del mundo (por volumen y peso del tronco) y el General Grant, el tercero más grande (el segundo y cuarto también están por esta zona).

Por el camino vimos un incendio en una montaña cercana al que acudían hidroaviones uno detrás de otro. El humo filtraba los rayos del Sol, creando una extraña luz amarillenta, muy curiosa, durante varios kilómetros. De todas formas, el fuego es frecuente en estos bosques y forma parte del ciclo de la vida aquí. Llegamos hasta Stoony Creek para comer algo y repostar combustible. Se nos echó el tiempo encima y salimos del parque por el lado oeste.

Estuvimos conduciendo unas cinco horas para encontrarnos de nuevo con la costa del Pacífico, esta vez en la ciudad de Monterrey, con más frío y niebla de la que nos hubiera gustado. No hicimos mucho aquí: Dormimos, visitamos la costa de Carmel y acabamos de “arreglar” el ordenador, ya que en Fresno, al final, lo dejamos a medias por exceso de relajación.

Ya casi de vuelta en San Francisco y con la noche encima, pasamos por Sillicon Valley, visitada obligada para aquellos a los que nos gusta la tecnología y en especial la informática. Dormimos en Palo Alto y nos costó lo nuestro encontrar alojamiento económico. Al día siguiente, visitamos el Museo de la Computación, donde yo (Darry) disfruté bastante, rememorando algunos conceptos aprendidos en la carrera de informática que también se explican o exhiben allí.

Después hicimos varias visitas a las sedes de algunas de las empresas tecnológicas más famosas del mundo, que no son edificios únicos sino grandes complejos o campus. Visitamos la de Microsoft, Google y Apple, pero vimos muchas otras igual de conocidas. En la sede de Microsoft nos colamos en la tienda para empleados (bastante pequeña, por cierto) y preguntamos luego si había alguna zona abierta al público a lo que nos respondieron amablemente que no. De todas formas, el complejo nos decepcionó un poco. Esperábamos más, la verdad.

En el campus de nuestros amigos de Google nos colamos directamente sin preguntar, esquivando al personal de seguridad que pulula por el complejo, pero no pudimos entrar en los edificios. Parece que en Google no se andan con chiquitas, a juzgar por las limusinas de lujo y el Rolls Royce que vimos en la entrada principal, junto a los guardias con aspecto de agentes de la CIA. Llegamos hasta la cafetería de la que dicen que es la mejor empresa del mundo en cuanto a la calidad de vida de sus empleados. El ambiente era muy agradable, con mucho jardín y mucha bicicleta. Todo el mundo parecía muy contento, así que quizás sea verdad que los cuidan bien. Después de darnos una buena vuelta a nuestro aire, preguntamos en información si había alguna zona abierta a visitas. Aquí también nos dijeron que no muy amablemente (incluso nos ofrecieron un zumo) y que, de hecho, ni siquiera podíamos estar allí… Suerte que ya “habíamos” estado.

Visitamos también “Weird Stuff”, una tienda de segunda mano de “cacharros” informáticos y tecnológicos, la mayoría de ellos pura chatarra tecnológica. Todo aquello que enfermos como yo (Darry) solemos guardar en un cajón por que siempre pensamos que podemos necesitarlo y que, la mayoría de las veces, nunca vuelven a ver la luz del Sol.

Y por fin llegamos de vuelta a San Francisco. Lo primero que hicimos fue volver al hotel de la calle Lombard donde se suponía que teníamos que recoger el permiso de conducir de Eli, que ya tendría que haber llegado por correo desde España. Y así fue, el paquete llegó. Pero el lerdo del encargado del hotel lo devolvió de vuelta para España por que no se enteró de un pimiento cuando le explicamos que pasaríamos a recogerlo en dos o tres semanas. Llamamos a la empresa de paquetería y nos dijeron que debíamos pasarnos en persona por el almacén ya que no lo encontraban. Estuvimos en el almacén esperando unas dos horas mientras buscaban el paquete que al final no apareció. Ni rastro. No entendíamos nada. Dormimos en la ciudad de Berkeley, que estaba allí al lado. Al día siguiente, tras muchas llamadas, dimos con él, pero nos dijeron que ya había salido rumbo a Miami para volver a España. Tras varias llamadas más, conseguimos convencerles de que lo pararan en Miami y que nos lo enviaran a Nueva York (pagándolo, claro), donde pasaríamos a buscarlo en unos días… En fin, el asunto del permiso se convirtió en una odisea que acabó con las esperanzas y el ánimo de Eli por los suelos y sin poder estrenarse como conductora en EEUU.

Devolvimos el coche de alquiler y estuvimos un par de días más en San Francisco esperando por nuestro vuelo a Nueva York, pagando un dineral por cumpla de una convención de Oracle que tenía colapsados los hoteles y albergues de la ciudad, además de incrementar los precios una barbaridad. Al final, acabamos durmiendo en una especie de mini apartamento en el medio del parking de coches de un hotel. Desde la ventana sólo veíamos la guantera, llena de papelotes, de un 4x4 rojo. Unas vistas increíbles…

Finalmente, tras despedirnos por segunda vez del Golden Gate de camino al aeropuerto, cogimos un avión con destino a la capital del mundo, a la gran manzana, a la ciudad que nunca duerme y todo eso… ¡New York!

sábado, 18 de octubre de 2008

San Francisco y South Lake Tahoe

Llegamos a San Francisco de noche, como casi siempre últimamente, atravesando el Bay Bridge, uno de los puentes que cruza la bahía de San Francisco, confiando que encontraríamos alojamiento fácilmente. No fue así. Cogimos un taxi para que nos llevase al hotel más barato de cuantos salían en nuestra revista de cupones de descuento, pero al llegar allí en el cartel luminoso brillaba el “no vacancy”. Le dijimos al taxi que nos dejara en el siguiente de la lista y resultó que no le quedaban habitaciones de precio económico. La cosa pintaba mal, siendo ya las 12 de la noche. Pero, una vez más, los americanos nos dieron una lección de amabilidad. El taxista cogió su teléfono móvil y empezó a llamar él mismo a los hoteles preguntado si tenían habitaciones disponibles, para ahorrarnos tiempo y dinero. Nos quedamos impresionados. Al tercer o cuarto intento, el hombre dio con un hotel en la calle Lombard donde una habitación, con cama “Queen size”, esperaba por nosotros. Le pagamos la carrera al taxista y nos ofrecimos a pagarle las llamadas, algo que él rechazó amablemente. Nunca nadie se ha ganado tanto una buena propina.

De San Francisco (SF en adelante) se dice que es la ciudad más Europea de EEUU y probablemente sea cierto. Aquí no hay casas unifamiliares rodeadas de césped. Todas las casas son de estilo victoriano de tres o cuatro apartamentos, pintadas de colores y muy cuidadas, como todo en SF. Al principio, te quedas mirando las casas una tras otra. Luego, te acostumbras a ellas. A lo que no te terminas de acostumbrar es a las cuestas: no nos extraña que alguien tuviera la brillante idea de poner tranvías aquí con semejantes subidas y bajadas. Pero todo eso, junto con la niebla de la bahía de San Francisco, el puente Golden Gate y la isla de Alcatraz, con su famosa cárcel, y el muelle de pescadores, hacen de SF una de las ciudades más encantadoras que hemos conocido hasta la fecha y nos enamoró por completo. Otro punto a favor es la oferta gastronómica, que es muy amplia y no se basa en hamburguesas o pizza, como en las demás zonas que hemos visitado del país. Además hay costumbre de beber vino: California es la principal productora de vino de Norteamérica. Las terrazas de los bares están llenas de gente charlando con una copa de vino en la mano.

“Turisteamos” todo lo que pudimos. De entre todo, nos quedamos con el imponente Golden Gate, que cruzamos andando hasta la mitad. Tiene una altura sorprendente y de nuevo el vértigo hizo de las suyas en Darry. Allá arriba el viento procedente del océano soplaron mucha fuerza y conviene abrigarse. Otro lugar inolvidable es el muelle 39, en el puerto de pescadores, donde cientos de leones marinos toman el Sol y se pelean por los mejores sitios, ante la mirada sorprendida de los turistas a menos de cuatro metros de distancia. Nos quedamos con las ganas de visitar la cárcel de Alcatraz, pero hay que pedir cita con bastante antelación y ese no fue nuestro caso. Y, como no, los viajes en tranvía subiendo por las colinas “imposibles”. Uno de los tranvías te deja en lo alto de Hyde Street, justo donde empieza la famosa calle más sinuosa del mundo, o eso dicen ellos, que ya empezamos a conocer la tendencia a la exageración de esta gente. Hay que decir también que hay aquí demasiado turismo para nuestro gusto, pero eso es lo que somos todos, al fin y al cabo.

Una posible pega de SF es la cantidad de “homeless” (vagabundos) que hay por las calles. Están por todas partes y suelen ir hablando solos, con pinta de locos. Alguien nos contó que tiempo atrás el gobierno cerró el grifo de las subvenciones y dejaron de dar los 400$ al mes que daban a los indigentes. Pero para entonces SF ya estaba llena de vagabundos venidos de toas partes. No sabemos que hay de cierto, pero es algo intimidante ver tantos vagabundos. Esto hace que mucha gente que visita la ciudad se lleve una mala impresión, como algunas personas nos han comentado. Incluso les daba miedo salir por la noche. Nosotros no nos llevamos ese recuerdo probablemente por que nuestro hotel estaba en el barrio de Marina, uno de los barrios de lujo. A dos manzanas vive el actor Robin Williams, para que os hagáis una idea. Paradójicamente, es en esta zona donde el alojamiento está más barato (con los famosos cupones), que por lo general es bastante caro en todo SF. Uno se da cuenta del nivel de la zona por los coches que hay aparcados más que por las casas, que aquí todas son igual de bonitas, y por que casi no hay indigentes por las calles. Salir a pasear de noche por esta zona es muy agradable y es una de las zonas de moda para salir de copas. Nosotros salimos un par de noches a tomar algo. Una curiosidad: aquí se bebe mucha cerveza Bud Light, aparte de vino.

También abundan por aquí los supervivientes de otras épocas: hippies sesentones a los que los excesos de juventud se les marcan en cada arruga de la cara. Algunos van pidiendo limosna por la calle con carteles que dicen cosas como ”Ayuda a este viejo hippie”. Fue aquí y en los alrededores donde comenzó el movimiento “hippie” de los 60. Si buscas un restaurante ecológico o tiendas de segunda mano, pásate por Haight Street, la calle la zona más hippie de la ciudad, que desemboca en el parque Golden State Park, por donde estuvimos paseando toda una tarde. Hay museos, un teatro, un jardín Zen muy bonito, lagos llenos de patos y muchas ardillas. Los parques en EEUU son otra cosa. Mención aparte merecen las puestas de Sol en esta ciudad. Intentamos no perdernos ninguna por que son un verdadero regalo para los ojos.

Tras cinco días en la ciudad, volvimos a alquilar un coche con la idea de hacer una ruta de 2000 millas, unos 3200 Km., por el norte de California. Aún no nos había llegado el permiso de conducir de Eli, que nos habían enviado a nuestro hotel desde España unos días atrás, así que acordamos que a la vuelta lo recogeríamos y nos quedaríamos el coche unos días más para que Eli, que estaba loca de ganas, se estrenase conduciendo. ¿El coche? Un Subaru deportivo, cambio automático, con menos de 1000 Km., nuevo de trinca para nosotros solitos. Así que cogimos el petate y programamos el GPS del móvil con rumbo a Fort Bragg, subiendo por la costa norte de California por la Highway 1, más conocida como autopista del Pacífico, esa mítica carretera que recorre todo el continente americano, desde el sur de Chile hasta Canadá.

Para salir de SF rumbo norte, se ha de atravesar el Golden Gate, que resultó ser una autopista de peaje. Con los nervios, el tráfico intenso y la mala visibilidad, nos equivocamos de carril y fuimos a parar a uno de esos de pago automático en los que no te detienes (Teletac se llaman en España), así que nos quedamos parados allí en medio, con el dinero en la mano y con cara de tontos sin saber que hacer, hasta que la cola que se forma detrás empezó a abuchearnos y pitarnos. Tras unos momentos de nervios y dudas, y como no había ninguna barrera, tiramos millas, saltándonos el peaje de uno de los puentes más famoso del mundo. Durante unos momentos pensamos que nos iba a parar la policía en cualquier momento, con toda la parafernalia de luces y sirenas que tanto le gusta aquí a la policía. Al final, nada de nada. Así que cuidado con nosotros, que somos peligrosos. Aquí os dejamos un video grabado justo después de nuestra fechoría.

video
Tras una paradita en Sausalito, para comer y pasear un rato, con la ciudad de SF a lo lejos, cogimos la Highway 1, que de highway (autopista) no tiene nada de nada. Es una carreterita que va paralela a la línea de costa donde, eso sí, vimos paisajes y puestas de Sol difíciles de olvidar. Primero, en Tomales Bay, te encuentras con una manga de agua mar, seguramente creada por la falla de San Andres, donde desembocan muchos riachuelos. Este sitio, de gran belleza natural, está prácticamente deshabitado. El mar aquí es una balsa de aceite. Ya casi al final de la bahía, mientras anochecía, paramos para ver la puesta de Sol en la playa.

Seguimos hasta Bodega Bay donde quisimos hacer noche, pero allí el alojamiento es carísimo, así que fuimos a dormir a Santa Rosa, que está en el interior hacia el este, con la intención de seguir recorriendo la costa durante el día, para no perdernos las vistas. Y eso hicimos: por la mañana regresamos a Bodega Bay, pueblo famoso por que aquí Alfred Hitchcock rodó “The Birds” (Los pájaros). Seguro que el guión se le ocurrió estando de visita por aquí también, por que este sitio y sus alrededores están infestados de gaviotas y otros pájaros. De visita al muelle, nos sorprendimos viendo como un par de leones marinos buscaban pescado, disputándoselo a los pelícanos. Aquí las montañas son de color amarillo, por la yerba seca y baja. Parecen hechas de peluche. Por cierto, durante toda la costa nos llegaba un intenso olor a marihuana… Seguramente, procedía de alguna yerba local, pero no dimos con ella.

Proseguimos la ruta, haciendo paradas constantes en los acantilados y algunos bosques, disfrutando de los paisajes, hasta llegar a Fort Bragg, donde vimos otra hermosa puesta de Sol en la desembocadura de un río. En esta costa cada atardecer es un espectáculo de luces. A la mañana siguiente, antes de partir, fuimos a ver otros acantilados cercanos, rodeados por una densa niebla. Hacía mucho frío y el océano estaba revuelto y amenazador. Nos recordó un poco a Irlanda. Por allí hay algunas casas que tienen unas vistas envidiables. Justo cuando ya nos íbamos, vimos tres o cuatro ciervos, a escasos metros de nuestro coche, al lado de una de las casas, pastando tranquilamente. En este país han sabido cuidar muy bien de la naturaleza y de la vida salvaje.

Dejamos la costa y pusimos rumbo al interior, con destino a Lake Tahoe, justo en la frontera entre los estados de California y Nevada. Pasamos por el lago Mendocino y comimos en Upper Lake, un tranquilo pueblecito de carretera. Dormimos en Yuba City, a mitad de camino, donde de nuevo nos encontramos con mucho calor y aprovechamos para bañarnos en la piscinita del hotel, ya casi de noche. Al día siguiente, visitamos Sacramento, concretamente Old Sacramento, que es lo que queda de la histórica ciudad del “lejano oeste” que se hizo grande gracias a la fiebre del oro. Y aquí es donde acababa la ruta del Pony Express, procedente de Missouri.

Continuando por la ruta del Pony Express, comenzamos a subir montañas por Sierra Nevada, hasta que, tras una curva de la carretera, nos encontrarnos a lo lejos con la gran mancha azul del lago Tahoe, el más grande de los lagos alpinos de EEUU. Este sitio es precioso: un enorme lago de agua dulce, rodeado de altas montañas que son pistas de esquí en invierno. Por esa razón, aquí el alojamiento es abundante y, fuera de temporada de esquí, como era el caso, muy barato. El lago hace de frontera entre Nevada y California. Nuestro hotel estaba en California, pero justo al otro lado de la calle ya era Nevada. Un poco más arriba de nuestra calle, en la carretera principal, si pasas al lado de Nevada lo primero que se ven son dos enormes casinos que rompen completamente con la estética del entorno, tan cuidado en la parte de California. Pero eso a los de Nevada parece importarles bien poco. Nos quedamos 3 noches en South Lake Tahoe, disfrutando del sitio y haciendo varias excursiones por los alrededores.

Bueno, hasta aquí este largo capitulo de nuestro viaje. En el siguiente capítulo, el viaje de vuelta a San Francisco. Intentaremos no tardar mucho en escribirlo…